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30 de abril de 2015

La iglesia del convento de las Benedictinas de San Plácido


Una de las más bonitas iglesias de Madrid.
(Con su escándalo real y todo).


Fachada de la Iglesia de San Plácido


La iglesia del convento de San Plácido es, sin duda, uno de los mas bellos ejemplos del barroco madrileño. En su  interior se conservan obras de Claudio Coello, Francisco Rizzi, Manuel Pereira o Gregorio Hernandez. 

Construida en 1655 por encargo de D. Jerónimo de Villanueva, para su antigua prometida, es obra del arquitecto Fray Lorenzo de San Nicolás, religioso agustino calzado, autor del tratado de Arte  y uso de la arquitectura, si bien parece que el verdadero artífice del templo que se hizo cargo de su construcción, fue su discípulo Juan de Corpa.

 Convento de San Plácido

El acceso al templo se hace a través de una puerta adintelada, donde podemos ver un relieve de la Anunciación, obra con toda probabilidad del portugués Manuel Pereira, flanqueada por los escudos, de los Villanueva, para una vez en el interior y pese a la escasa luz, disfrutar de esta autentica joya.

                           Retablo Mayor con La Anunciación

La iglesia, tiene planta de cruz latina con nave corta y ancha, con un crucero con chaflanes y cúpula sin tambor, con casquete que cae directamente. El retablo mayor con La Anunciación de Claudio Coello es obra, como los restantes de la iglesia, de los hermanos Pedro y José de la Torre, mientras que en su parte superior vemos el lienzo de La Anunciación, enmarcado por columnas.

 Claudio Coello lo pintó a los veinticuatro años basándose en  un boceto de Rubens, una magnífica obra de arte de un joven genio, impetuoso y nervioso, lleno de fuego y pasión, un remolino de convulsión emotiva y lírica. Un cuadro bello y armonioso, con una excelente perspectiva aérea en el que se distinguen tres áreas perfectamente diferenciadas.


La Anunciación La Anunciación de Claudio Coello
Detalle de la Anunciación de Claudio Coello Detalle de La Anunciación

En el plano central, sobre un estrado la Virgen, con ropajes azules y rosas que, con las manos juntas escucha el anuncio del arcángel San Gabriel; en la parte superior, el Espíritu Santo rodeado entre resplandores y coros de ángeles ilumina la escena principal, bajo la mirada de Dios Padre; en la parte inferior, bajo la Virgen, aparecen los profetas y sibilas que anunciaron el acontecimiento. A ambos lados del retablo, imágenes de San Benito y San Plácido y sobre el retablo, entre nubes, La Inmaculada Concepción de Francisco Rizzi, una obra llena de simbolismo.


Cúpula de San Plácido Santa Isabel Abadesa


La cúpula está decorada con frescos también de Francisco Rizzi. Está dividida en ocho zonas con una decoración vegetal de gran riqueza cromática, en cada uno de las cuales se pueden apreciar las veneras de diferentes Órdenes Militares y en las pechinas, frescos también obra de Francisco Rizzi, representando a las santas Juliana, Hildegarda, Isabel, abadesa y Francisca Romana, todas ellas monjas de la Orden Benedictina. En los nichos de los machones se pueden ver cuatro tallas de los doctores marianos Bernardo, Ildefonso, Anselmo y Ruperto, obras asimismo de Manuel Pereira, de policromía austera y expresividad concentrada. Un artista con una sensibilidad desbordante que supo aportar a sus santos una gran carga psicológica en sus expresiones, recuperando a la vez la belleza de las esculturas griegas. Y sobre ellos, cuatro cobres flamencos con escenas de la Vida de la Virgen, que podrían ser obra de Rubens o de su escuela.


                                     San Benito y Santa Escolástica

En cuanto a los retablos gemelos situados a ambos lados del crucero, son también obra de los hermanos Pedro y José de la Torre. Presentan un cuerpo principal de columnas con pinturas en los zócalos representando escenas de la Pasión de Cristo y la Renuencia de San Pedro Celestino al Papado y la Misa de San Benito a la muerte de su hermana Santa Escolástica en la parte superior. En los cuadros centrales se nos muestra la Visión de Cristo por Santa Gertrudis en el de la derecha y San Benito y su hermana Santa Escolástica, en el de la izquierda. Pinturas todas ellas, muestra del gran talento de un joven Claudio Coello.


                               Cristo Yacente de Gregorio Hernández


Pero esta auténtica joya del barroco aun nos depara algunas sorpresas más, como la magnífica talla del Cristo Yacente de Gregorio Hernández en el interior de su urna barroca.

                   Virgen de Atocha               Virgen del Milagro



 También un cuadro de grandes dimensiones de la Virgen con una dama orante, dos cuadros de Miguel Jacinto Meléndez que representan a las Virgenes del Milagro y Atocha, el San Benito de la bóveda de la nave de Francisco Rizzi, la pequeña imagen del Niño Jesús, obra de Martínez Montañés, una de las joyas desconocidas del monasterioo la copia del Cristo de San Placido que las monjas vendieron a Manuel Godoy o, según cuentan las malas lenguas, fue directamente objeto de la codicia del llamado príncipe de la Paz.


                                    Capilla de la Inmaculada

Y para finalizar, la capilla de la Inmaculada, cuyo retablo, también de los hermanos de la Torre, alberga una magnífica talla de la Virgen del siglo XVII, realizada en madera policromada.


                                             Cristo de Velázquez (1632)


Por último señalar que en esta misma iglesia de San Plácido se encontraba también el Cristo Crucificado de Velázquez, pintado, según cuenta la leyenda, por encargo de Felipe IV para expiar su enamoramiento sacrílego de una joven religiosa. Un serena representación de Cristo inerte, clavado a la cruz con cuatro clavos, de bellísimas proporciones. 

Su fondo oscuro, casi negro, elimina toda referencia espacial, lo que acentúa la sensación de soledad, silencio y reposo, frente a la idea de sufrimiento habitual de otras obras sobre el mismo tema. Un cuadro que actualmente podemos ver en la sala 63 del Museo del Prado.


¡Un escándalo real!

Mesonero Romanos, cronista de la Villa, nos relata estos hechos basándose en un manuscrito anónimo de la época cuya veracidad el mismo pone en duda.

                                                          El conde-duque de Olivares - Velázquez



Parece ser que el rey Felipe IV, su valido, el conde-duque de Olivares y el protonotario de Aragón y ayuda de cámara del Conde, Jerónimo Villanueva que era patrono del convento de San Plácido, se enteraron de  que en el convento estaba de religiosa una hermosísima dama, de nombre Margarita y el rey, a quien no se le podía negar nada, quiso verla. Aprovechando que don Jerónimo tenía el paso franco por su condición de protector del convento el rey pasó disfrazado al locutorio, vio a la monja, se enamoró de ella y repitió las visitas nocturnas hasta el punto de planear el rapto de la religiosa a través de un conducto subterráneo que comunicaba la vecina casa del protonotario con la carbonera del convento.

                                                    Felipe IV por Velázquez (1623)



La dama religiosa, puso en conocimiento de la abadesa las sacrílegas intenciones reales y esta, al no poder disuadir a los cómplices de la trama real, ideó una estratagema: dispuso en la celda de la religiosa un catafalco rodeado de velas y en él se introdujo Sor Margarita haciéndose la muerta. D. Jerónimo Villanueva, confuso informó de lo que había visto al rey y a Olivares, cancelando todo el plan. Y añade la leyenda que fue entonces cuando el rey arrepentido encargo a Velázquez su famoso Cristo Crucificado, aunque esto último es más que probable que forme también parte de la leyenda.

Urbano VIII


El caso fue tan escandaloso que rápidamente llegó a oídos de la Santa Inquisición, que no pudiendo actuar contra el Rey, la emprendió contra Jerónimo de Villanueva, que se vio sometido a un proceso inquisitorial. Pero Villanueva aun conservaba la amistad de los poderosos y, amparado por ellos, en un golpe de gran audacia, se plantó en la casa del inquisidor general y le planteó que optara entre la renuncia al cargo y retirarse a Cordoba, su ciudad natal, con una buena renta de por vida o ser privado de todas sus temporalidades y expulsado de los reinos en veinticuatro horas.


                                               Tribunal de la Santa Inquisición


 El inquisidor, naturalmente, no se lo pensó dos veces. Mientras tanto en Roma el Santo Padre, Urbano VIII, ya estaba al tanto de los hechos y ordenó que se le hiciera llegar a la mayor brevedad el proceso incoado. El Santo Tribunal procedió de forma inmediata a enviar a Roma la causa en una arquilla cerrada y sellada de la que era portador uno de los notarios del tribunal de nombre Alonso Paredes. Enterado Olivares, envió retratos del mensajero al embajador de España en Génova y a los virreyes de Sicilia y Nápoles con el encargo de que donde desembarcare y fuera hallado Alonso paredes, fuera hecho preso y bien custodiado se lo enviasen al virrey de Nápoles para que le encarcelara, enviando presto la arquilla al rey sin abrirla. Y así sucedió, don Alonso desembarcó en Génova e inmediatamente fue arrestado y conducido, a través de Milán, hasta Nápoles donde fue encerrado en un castillo y durante quince años. En cuanto a la arquilla, con los papeles del proceso fue remitida al rey  y quemada en presencia del Rey y Olivares en una chimenea de los aposentos privados del monarca en el Real Alcázar madrileño.


                                             Vista de Toledo - Joris Hoefnagel (1566)


Mientras ocurría todo lo anterior D. Jerónimo de Villanueva se encontraba en Toledo, en teoría preso, esperando la pronta solución del asunto. El Papa, harto ya de esperar que la arquilla llegara a Roma, ordenó a  D. Diego de Arce y Reinoso, el nuevo Inquisidor general que organizara un simulacro de juicio en el que el Villanueva, habría de ser reprendido “por haber incurrido en casos de irreligión, sacrilegios y supersticiones” para finalmente ser absuelto por la misericordia del Santo Tribunal con la condición “de que por un año ayunase, no entrase en el convento de las monjas ni tuviese comunicación con ninguna y repartiese dos mil ducados de limosna”. Todo se llevó a cabo siguiendo las órdenes del Santo Padre. D. Jerónimo de Villanueva fue repuesto en sus empleos y ni Felipe IV ni el conde-duque de Olivares volvieron jamás a hablar con él de este “real” escándalo. Pero las leyendas pueden ser interminables y ésta aun continúa con una campana en la espadaña del convento, que llamaba lúgubremente a difuntos para advertir a su Católica Majestad recordándole sus pecados. La llamada de difuntos no se volvió a escuchar desde el momento en que fue cierto el fallecimiento de Dª Margarita.

                                             Tribunal de la Santa Inquisición

La mayoría de los contenidos y las fotografías de esta entrada, están tomadas de:
http://derebusmatritensis.com/2014/07/01/el-convento-de-san-placido-su-iglesia-y-los-escandalosos-sucesos-que-en-el-acontecieron/

26 de abril de 2015

La mujer que llora, de Zoé Valdés.


En torno a la relación entre Picasso y Dora Maar se desarrolla la novela, Premio Azorín de la Diputación Provincial de Alicante, 2013.

La mujer que llora es Dora Maar, Henriette Théodora Markovitch, la mejor fotógrafa de los surrealistas, de asombrosa inteligencia, amante de Picasso durante diez años(desde finales de los años 30 hasta comienzo de los 40) y musa inspiradora de ese rostro que llora en los cuadros de Picasso y de esa serie de retratos que el pintor hizo A Dora. Su vida se cruza con la del Gran Genio, treinta años mayor que ella, cuando realiza un reportaje gráfico (el primero) sobre el "Guernica" y desde ese instante su vida queda anulada por el pintor de quien fue amante hasta terminar siendo su víctima. Víctima y verdugo es la oposición que plantea la novela, que recorre los entresijos de una relación de dependencia entre el Genio y la amante en el más absoluto estado de sumisión.

La vida de una mujer es una eterna letanía; cuando esa letanía cesa, se detiene el deseo y se inicia la temporada de los ardientes pensamientos. Entonces comienza la época en que el cuerpo se enfría, y la fiebre se apodera  salvajemente de la psiquis.”  (p. 13)
La voz narrativa es la de una escritora que reconstruye en su novela la vida de Dora Maar, a través de recuerdos y referencias al pasado, durante un corto viaje a Venecia. Abandonada por Picasso y encerrada en un psiquiátrico, sometida a largas sesiones de  electrochoques y numerosas pastillas, la vida de Dora Maar llega a su destrozo total. El Gran Genio había acabado con su vida sexual, sentimental y espiritual. 

A Venecia la acompañan sus jóvenes amigos James Lord y Bernard Minoret, que en la novela constituyen dos interesantes voces narrativas. Ellos, la propia Dora y la escritora entretejen sus diarios y sus recuerdos que son la clave de la historia narrada. Después del viaje, Dora Maar se encerró para siempre en su casa de París, rodeada de cuadros de Picasso; solo salía a Notre Dame a misa. "La mujer muere en cada abandono. De cada abandono el hombre renace."

Picasso se nos muestra como un monstruo maltratador, egoísta y mezquino, que mantuvo una destructiva relación y fue amado de manera sumisa por Dora, única mujer con la que pudo mantener conversaciones de alto nivel intelectual. "¡Llora Dora, llora Dora!", le decía mientras la sacudía con violencia cuando dejó de desearla. Sus lágrimas y su sufrimiento era lo que le excitaba su sexualidad.
Tampoco sale bien parado en sus relaciones de amistad; se cuenta cómo, cuando le pidieron ayuda para liberar a su amigo Max Jacob de su inmediata deportación a un campo nazi, respondió con una evasiva: "No vale la pena hacer nada. Max Jacob es un ángel, él podrá salir de allí volando" (p. 139). A Juan Gris, a quien no soportaba, hizo lo que pudo para destrozarlo. De Braque se burlaba constantemente llamándole "Madame Braque".

Las mujeres realistas tenían que aceptar, en nombre de la amistad y de la libertad que propugnaba el movimiento surrealista, que sus maridos las pusieran a disposición de los amigos. La mayoría de aquellos surrealistas buscaban que Picasso "se interesara por sus mujeres". Cuando eso ocurría, al Genio le invadía un "frenesí indescriptible". Por eso Éluard obligaba a su aniñada esposa (las mujeres desnutridas formaban parte de la éstética preferida por los surrealistas) a acostarse con Picasso y a este le complacía hacerlo delante de Dora, sin que ella pudiera mezclarse en esta orgía surrealista en la que era obligado el intercambio entre las parejas. Solo podía mirar, primero porque para Picasso era su "reina" y no quería compartirla, después para humillarla. Dora se replegaba a todos sus deseos porque él era el único latido vital de su corazón.


Solo cinco mujeres, de las siete relaciones relevantes en la vida de Picasso se nombran en la novela: Olga Kokhlova, la bailarina rusa que le dio el primer hijo, Paulo, de este su primer matrimonio. Marie-Thérèse Walter, la "Vestal Maternal" madre de una hija, Maya. A Dora Maar la siguieron  François Gilot, la madre de los últimos y más conocidos hijos del pintor: Claude y Paloma. Y Jacqueline Roque que fue la mujer de su segundo matrimonio.Afirma Dora: "Lo que nos pedía Picasso a las mujeres era que  (...) dejáramos de ser mujeres y nos convirtiéramos en pintura, en imperecederas obras de arte, en niñas surrealistas." (p. 215) Picasso amaba la idealización pictórica que de ellas se había forjado.


Uno de los mayores atractivos de la novela es la presencia en ella de los surrealistas y de sus preferencias estéticas y vitales: Paul Éluard, "el pastelero o partouzard" como lo llamaba despectivamente Breton por sus mezcladas y continuadas relaciones, autor del poema "Libertad" que inspira a tantos presos políticos, aunque denunció a un compañero enviado por ello al paredón y fue expulsado del movimiento surrealista. Nush (María Benz) esposa de Éluard, Max Jacob, De Chirico, Gala y Salvador Dalí, André Breton, Lydia Cabrera y pintores surrealistas como el cubano Jorge Camacho, el chileno Roberto Matta, la argentina Leonor Fini y Remedios Varo.


La novela, en fin, está cuidadosamente documentada. Narra, por ejemplo, la escena en que Dora Maar fotografía el llanto de Sylvia viendo el tren partir (en la película de Jean Renoir El crimen de Monsieur Lange. Con la voz narrativa de la propia Dora en la novela, se explica cómo Picasso asistió a esa proyección, cómo se debió conmover ante el desconsuelo de una mujer que llora, excesiva, que no se esconde. Describe exactamente el cuadro del pintor: "Sylvia estrujaba sus labios con el pañuelo, mordía las puntas del tejido mojado por las lágrimas. El pañuelo  se abría como una rosa blanca entre los dientes perlados" (p. 158).
El verdadero sentido del arte de Pablo Picasso lo resume Dora: "Ningún árbol es importante si no lo ha visto Picasso, si no lo ha pintado". De ser una planta común, se convertirá en "una joya, un sujeto indiscutible de veneración" (p. 356-7)

Como los alumnos de Tíltide, hemos visto el miércoles pasado, algunas de las mujeres de Picasso del Museo Basel que están ahora en el Museo del Prado, esta novela puede ser interesante. La he visto en el blog de mi  amiga y compañera de facultad Nani García de León, y os lo recomiendo para que restéis al día de los últimos libros. Se llama Sin ir más lejos.
 http://garcileon-sinirmaslejos.blogspot.com.es/
Muchas gracias. Espero que nos veamos pronto.

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